Las grandes ciudades deberían borrarse de los mapas de la mente. Y tanto da que se llamen Barcelona o Nueva York, Madrid o Los Ángeles, México D.F. o Tokyo. ¿Qué se puede esperar de ellas?
¿Terminarán siendo neomegalópolis, como en el mundo futuro de Akira?
Las grandes ciudades son bestias dormidas cuando las ves desde la distancia, pero al mismo tiempo es como si estuvieran haciendo la digestión. Su inmovilidad es la peor mentira. Ahí abajo se mueven millones de tíos y tías, riendo, llorando, montándoselo de puta madre o muriéndose cagados de rabia y miedo. Todo está ahí. Pero tú no lo ves. Cuando estás en la ciudad eres una minúscula parte de ello. Cuando estás lejos, sólo eres testigo de un milagro, y entonces viene todo ese rollo de sentirse pequeño y de filosofar sobre chorradas adecuadas. Supongo que, en el fondo, me gustan por eso. Dentro de ellas nadie puede esperar nada de mi si no no me conoce. Nadie me puede gritar sin saber si le oigo, aunque la mayoría de la gente grita igual sin importarle nada saber si el otro le escucha. Nadie va a prestarme atención salvo si le robo su espacio vital, o se siente amenazado. Nadie.
Las grandes ciudades están llenas de nadies.
Así que pese a todo son fantásticas. Sí, las contemplas y te acojonas. Te pones a pensar y es como imaginar la muerte y la eternidad SIN TI. O sea, demasiado.